
La portada de la primera edición, creo. / Tomada de http://jamesreasoner.blogspot.com/2009/06/forgotten-nonfiction-books-travels-with.html
En los Autonautas de la cosmopista, el libro de viajes que Julio Cortázar y Carol Dunlop escribieron, Cortázar se refiere al objetivo del viaje. Ahora no lo tengo a la mano, pero era una declaración de esta suerte: no haremos el viaje que hacen todos, haremos el viaje dentro del viaje, fuera de la carretera, vueltos hacia el otro lado. Cortázar y Dunlop lo cumplieron: además de revisar el trayecto entre París y Marsella, formular ciertas opiniones, reconocer a los cronopios entre la realidad (o esa cosa que llaman realidad), Cortázar y Dunlop tomaron un viaje interno.
Steinbeck (lo llamaré S. de ahora en adelante) no lo dice de modo explícito. Quiere recorrer América, quiere hacerlo en Rocinante, quiere hacerlo junto a Charley. Charley es, en esencia, un perro tanto o más inteligente que S., que ni él mismo logra comprenderlo. S. se abre camino desde Nueva York y recorre miles de montañas, pueblos, colinas, hoteles, paraderos, bosques. Va a Maine, Chicago, Montana, la frontera con Canadá; retorna a Monterey, donde pasó unos días de su juventud; toca tierra en San Francisco. Conoce a todos los que viven en casas rodantes, toma café con desconocidos, habla con Charley en medio de la noche, conoce las cataratas del Niágara.
S. se había preguntado en principio de qué trataba su viaje. Decía que iba en busca de América. Que le parecía un “crimen” que un escritor que se decía estadounidense no conociera su país. Entonces un buen día armó maletas y se fue, que fue lo que vimos en la primera parte de este comentario. Una primera etapa es de exploración, la segunda es de nostalgia y la tercera es de reconocimiento. ¿Será posible conocer un país? ¿Será posible afirmar qué son y cómo son los “americanos”?
Resumir Viajes con Charlie: En busca de América sería perder siempre algo valioso. Lo que contaré aquí serán algunos momentos en que S., un hombre que (sospecho) sabía que moriría pronto, cuenta de manera tan humilde al lector lo que le sucede. Por ejemplo, cuando, en Montana, S. parquea en las afueras de la casa de unos pobladores y habla con uno de ellos. Es un joven que lee varias de las revistas que nacen en Nueva York: Time, Newsweek. Él, dice, quiere salir de allí y explorar el mundo. S. le replica que no tiene que ir a ningún lado.
¿Perdón?, dice el muchacho.
Usted tiene el mundo a sus pies, el mundo de la moda, del arte y del pensamiento en su propio patio. Ir a la ciudad lo confundiría, responde S.
Y eso es lo que se siente a lo largo del texto: que el mundo está, sin salvedades, en el patio de atrás. Pero el patio de atrás cambia. Y S. lo tiene muy claro. Es entonces que, siguiendo la ruta, S. llega a los lugares en los que había pasado parte de su vida. Se da cuenta, de golpe, que todo ha cambiado, que nada ha permanecido. S., muy conservador, entristece y concluye que no son ellos (los que ahora viven en aquellos lugares, que han cambiado la geografía de sus recuerdos) los fantasmas, sino él. Fue él quien se alejó en algún momento y no cambió junto con la ciudad. Él cambió en otro lugar y, triste, vio cómo su propio pasado lo había dejado atrás.
Vale la pena registrar este párrafo en que S. recuerda su niñez, mientras le habla a Charley, su perro:
Tu no imaginarías, mi Charley, que allí abajo, en ese pequeño valle, pesqué con uno de tus tocayos, mi tío Charley. Y allí (mira adonde apunto) mi madre le disparó a un gato salvaje. Cuarenta millas más allá estaba el rancho de nuestra familia, un viejo rancho hambriento. ¿Puedes ver aquel lugar oscuro? Bueno, ese es un pequeño cañón que tiene un río bordeado por azaleas y rodeado por grandes robles. Y en uno de esos robles mi padre imprimió su nombre con un hierro caliente junto con el nombre de la chica que amaba. A través de los años la corteza creció sobre la marca y la cubrió. Y sólo hace poco, un hombre cortó el roble para convertirlo en leña y el trozo agudo reveló el nombre de mi padre, y el hombre me lo envió. En la primavera, Charley, cuando el valle está tapado por lupinos azules como un mar de flores, hay un olor a cielo aquí arriba, el olor del cielo.
Y, llegado a la tierra de su infancia, parece que en S. el viaje comienza a perder importancia. Al parecer es un hombre que ha conocido todo lo que deseaba conocer, y entonces de aquí en adelante el viaje será un forma para reflexionar, para tratar de encontrar respuestas. “El viaje había sido como una comida plena de muchos rumbos, puesta ante un hombre hambriento. En primer lugar, él intenta comerlo todo, pero mientras la comida avanza él se percata de que debe prescindir de ciertas cosas para guardar su apetito y su gusto funcionando”, dice.
Cuando S. recorre el sur, en las últimas etapas de su recorrido, el valor del viaje es mucho mayor. S. inicia una certera discusión, luego de ver algunos actos racistas en New Orleans, sobre el racismo. Cuando va en Rocinante, en busca de otro pueblo, en medio del camino encuentra a un sembrador de algodón y se ofrece a llevarlo. Él se niega, primero, y luego cede. Subido en Rocinante, el hombre no forma palabra y S., intentando ser amigable, le hace algunas preguntas. De golpe se da cuenta de que las gentes que siempre han sido excluidas no dejarán de serlo porque él intente ser amigable. Calla, entonces, y sigue su camino.
Y también le suceden como estas, que demuestran su templanza y humanidad. Días atrás, S. había visto que un grupo de mujeres, de pie frente a un colegio de New Orleans, dedicaban las tardes y las mañanas a abuchear a tres niños negros que estudiaban allí. S. observa el espectáculo, sorprendido. Luego, de nuevo en algún poblado del sur, S. conoce a un hombre que, entre otras cosas, confunde a Charlie con un negro. Este hombre le pide que lo acerque a un pueblo y S, siempre amable, acepta. Dentro de Rocinante, mientras conversan, llegan al tema del rechazo a los negros (o “Niggers”, como los llama el hombre de modo despectivo). El hombre se sabe parte de aquellas mujeres que abucheaban a los niños.
¿Ellas están cumpliendo con su deber?, pregunta S.
Claro, Dios las bendiga. Alguien tiene que mantener a los malditos negros fuera de nuestra escuelas.
Poco después, S. para el auto y le pide al hombre de modo elegante que se largue. Y así se aleja S., viendo por el retrovisor la cara retorcida del hombre.
Resta que ustedes, que se pasan por aquí, lean este libro. Será, de seguro, un gran viaje.
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