Viajes con Charley (II): última parada

5 dic

La portada de la primera edición, creo. / Tomada de http://jamesreasoner.blogspot.com/2009/06/forgotten-nonfiction-books-travels-with.html

En los Autonautas de la cosmopista, el libro de viajes que Julio Cortázar y Carol Dunlop escribieron, Cortázar se refiere al objetivo del viaje. Ahora no lo tengo a la mano, pero era una declaración de esta suerte: no haremos el viaje que hacen todos, haremos el viaje dentro del viaje, fuera de la carretera, vueltos hacia el otro lado. Cortázar y Dunlop lo cumplieron: además de revisar el trayecto entre París y Marsella, formular ciertas opiniones, reconocer a los cronopios entre la realidad (o esa cosa que llaman realidad), Cortázar y Dunlop tomaron un viaje interno.

Steinbeck (lo llamaré S. de ahora en adelante) no lo dice de modo explícito. Quiere recorrer América, quiere hacerlo en Rocinante, quiere hacerlo junto a Charley. Charley es, en esencia, un perro tanto o más inteligente que S., que ni él mismo logra comprenderlo. S. se abre camino desde Nueva York y recorre miles de montañas, pueblos, colinas, hoteles, paraderos, bosques. Va a Maine, Chicago, Montana, la frontera con Canadá; retorna a Monterey, donde pasó unos días de su juventud; toca tierra en San Francisco. Conoce a todos los que viven en casas rodantes, toma café con desconocidos, habla con Charley en medio de la noche, conoce las cataratas del Niágara.

S. se había preguntado en principio de qué trataba su viaje. Decía que iba en busca de América. Que le parecía un “crimen” que un escritor que se decía estadounidense no conociera su país. Entonces un buen día armó maletas y se fue, que fue lo que vimos en la primera parte de este comentario. Una primera etapa es de exploración, la segunda es de nostalgia y la tercera es de reconocimiento. ¿Será posible conocer un país? ¿Será posible afirmar qué son y cómo son los “americanos”?

Resumir Viajes con Charlie: En busca de América sería perder siempre algo valioso. Lo que contaré aquí serán algunos momentos en que S., un hombre que (sospecho) sabía que moriría pronto, cuenta de manera tan humilde al lector lo que le sucede. Por ejemplo, cuando, en Montana, S. parquea en las afueras de la casa de unos pobladores y habla con uno de ellos. Es un joven que lee varias de las revistas que nacen en Nueva York: Time, Newsweek. Él, dice, quiere salir de allí y explorar el mundo. S. le replica que no tiene que ir a ningún lado.

¿Perdón?, dice el muchacho.

Usted tiene el mundo a sus pies, el mundo de la moda, del arte y del pensamiento en su propio patio. Ir a la ciudad lo confundiría, responde S.

Y eso es lo que se siente a lo largo del texto: que el mundo está, sin salvedades, en el patio de atrás. Pero el patio de atrás cambia. Y S. lo tiene muy claro. Es entonces que, siguiendo la ruta, S. llega a los lugares en los que había pasado parte de su vida. Se da cuenta, de golpe, que todo ha cambiado, que nada ha permanecido. S., muy conservador, entristece y concluye que no son ellos (los que ahora viven en aquellos lugares, que han cambiado la geografía de sus recuerdos) los fantasmas, sino él. Fue él quien se alejó en algún momento y no cambió junto con la ciudad. Él cambió en otro lugar y, triste, vio cómo su propio pasado lo había dejado atrás.

Vale la pena registrar este párrafo en que S. recuerda su niñez, mientras le habla a Charley, su perro:

Tu no imaginarías, mi Charley, que allí abajo, en ese pequeño valle, pesqué con uno de tus tocayos, mi tío Charley. Y allí (mira adonde apunto) mi madre le disparó a un gato salvaje. Cuarenta millas más allá estaba el rancho de nuestra familia, un viejo rancho hambriento. ¿Puedes ver aquel lugar oscuro? Bueno, ese es un pequeño cañón que tiene un río bordeado por azaleas y rodeado por grandes robles. Y en uno de esos robles mi padre imprimió su nombre con un hierro caliente junto con el nombre de la chica que amaba. A través de los años la corteza creció sobre la marca y la cubrió. Y sólo hace poco, un hombre cortó el roble para convertirlo en leña y el trozo agudo reveló el nombre de mi padre, y el hombre me lo envió. En la primavera, Charley, cuando el valle está tapado por lupinos azules como un mar de  flores, hay un olor a cielo aquí arriba, el olor del cielo.

Y, llegado a la tierra de su infancia, parece que en S. el viaje comienza a perder importancia. Al parecer es un hombre que ha conocido todo lo que deseaba conocer, y entonces de aquí en adelante el viaje será un forma para reflexionar, para tratar de encontrar respuestas. “El viaje había sido como una comida plena de muchos rumbos, puesta ante un hombre hambriento. En primer lugar, él intenta comerlo todo, pero mientras la comida avanza él se percata de que debe prescindir de ciertas cosas para guardar su apetito y su gusto funcionando”, dice.

Cuando S. recorre el sur, en las últimas etapas de su recorrido, el valor del viaje es mucho mayor. S. inicia una certera discusión, luego de ver algunos actos racistas en New Orleans, sobre el racismo. Cuando va en Rocinante, en busca de otro pueblo, en medio del camino encuentra a un sembrador de algodón y se ofrece a llevarlo. Él se niega, primero, y luego cede. Subido en Rocinante, el hombre no forma palabra y S., intentando ser amigable, le hace algunas preguntas. De golpe se da cuenta de que las gentes que siempre han sido excluidas no dejarán de serlo porque él intente ser amigable. Calla, entonces, y sigue su camino.

Y también le suceden como estas, que demuestran su templanza y humanidad. Días atrás, S. había visto que un grupo de mujeres, de pie frente a un colegio de New Orleans, dedicaban las tardes y las mañanas a abuchear a tres niños negros que estudiaban allí. S. observa el espectáculo, sorprendido. Luego, de nuevo en algún poblado del sur, S. conoce a un hombre que, entre otras cosas, confunde a Charlie con un negro. Este hombre le pide que lo acerque a un pueblo y S, siempre amable, acepta. Dentro de Rocinante, mientras conversan, llegan al tema del rechazo a los negros (o “Niggers”, como los llama el hombre de modo despectivo). El hombre se sabe parte de aquellas mujeres que abucheaban a los niños.

¿Ellas están cumpliendo con su deber?, pregunta S.

Claro, Dios las bendiga. Alguien tiene que mantener a los malditos negros fuera de nuestra escuelas.

Poco después, S. para el auto y le pide al hombre de modo elegante que se largue. Y así se aleja S., viendo por el retrovisor la cara retorcida del hombre.

 Resta que ustedes, que se pasan por aquí, lean este libro. Será, de seguro, un gran viaje.

 

 

 

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Monkey Hill – Paul Theroux

14 nov

Paul Theroux (1941- ). / William Furniss

Audie y Beth Blunden son una pareja de esposos, con una riqueza incalculable, que en Norteamérica poseen un par de empresas y otro par de casas en varios estados. Viven felices, al parecer: no tienen hijos, su mayor responsabilidad es trabajar una parte del año y descansar la otra. Deciden ir a India y se hospedan en un hotel que no les recomienda salir; el poblado más cercano, Hanuman Nagar, es sucio y desastroso. Pero así son todos los pueblos en India, entonces no habría nada singular.

Monkey Hill es la primera de tres novelas cortas que conforman “Elefanta Suite”. Se supone, por lo que dice la contraportada, que el “maestro de la literatura de viajes”, Paul Theroux, nos descubrirá en esta historia a través de su “ojo clínico para las paradojas” cómo “el deseo por lo desconocido y exótico puede lindar con la pesadilla”. Pero luego de leer 110 páginas, no encuentra uno lo “desconocido” ni lo “exótico”.

Los escenarios de Monkey Hill, como las escenas, son de postal. Los Blunden se encuentran en un hotel con gente muy amable, muy parlanchina, que tiene una altísima capacidad retórica. Los Blunden refuerzan los estereotipos que tanto los occidentales como los latinoamericanos tenemos de la cultura india. Entonces todos “endilgaban un monólogo por lo general informativo” cada vez que se les hacía una pregunta. Si bien los Blunden tienen derecho a desconocer la cultura, no así el lector. El narrador, una voz que lo sabe todo, tampoco parece conocerla, y todo se vuelve de repente exótico pero de una manera falaz. Es obvio que cualquier asunto ajeno a mi propia cultura es exótico, y esa forma de exotismo es, a un mismo tiempo, un modo de rechazo. Los personajes, que pasan varias semanas en el hotel, miran hacia afuera con desdeño, plenos de ignorancia.

Los personajes se mueven entre el hotel y, una cincuentena de páginas después, Hanuman Nagar. En el hotel toman bebidas exóticas, conocen meseros exóticos, acuden a ritos exóticos. Hacen yoga, almuerzan menú indio. El cuadro es bastante rutinario. Bien se sabe que la literatura le quita a la vida el tedio y el aburrimiento. O si no los suprime los convierte en tema literario. En principio, el hecho de que Auden y Beth tengan una sesión de masajes diaria carece de importancia. El lector se queda con unos diálogos que podrían eludirse sin mucho duelo. Las escenas son pobrísimas: una mujer apretando sus nudillos contra su espalda, mientras Audie piensa que qué relajante es, que qué sensuales son aquellos dedos. Va a yoga y opina, de nuevo, que qué relajante, que es “como si flotara”. Audie es el típico viajante que visita los lugares históricos y las calles más reconocidas y se siente satisfecho. Es un viajero superficial, un turista cualquiera.

Mientras Audie se sostiene en esa suerte de apreciaciones (“Estoy destensado. Me siento de maravilla”), Beth, su esposa, vive una experiencia por completo distinta. Beth es una mujer que no ha hecho más que serle fiel a su esposo. Es el retrato de la mujer de hogar, sumisa, tranquila. Pero deja de serlo allí, en India. Ella no sabe muy bien qué le ha sucedido, pero tiene la certeza de que ella no se ha liberado de sí misma a través del yoga, como su marido, sino que ahora siente el peso real de su existencia. Dicho lastre, que en ocasiones es nostálgico y en otras alegre y espasmódico, la provee de otra sensibilidad. Y aquella sensibilidad, la conciencia de ser una mujer que puede hacer lo que le venga en gana, sí la limpia.

Audie y Beth viajan a una tierra que no conocen, pero sólo Beth logra viajar dentro de sí misma.

Pero Theroux, o quien sea que narre, sigue quedándose a medias. Los masajes, aunque cada vez más sensuales, son inocuos. Uno siente que está contemplando a un par de ricos en su verano y nada más que eso. Audie intenta acostarse con Anna, su masajista, y no lo logra. Beth tiene un encuentro sexual brevísimo y agresivo con su masajista. Ambos son rechazados, de algún modo. Con esas escenas y un poco de historia hubiera sido suficiente. Las explicaciones extensísimas del autor (donde hace un recuento de la historia de Auden y Beth) no tienen demasiado encanto, demasiada iluminación. Apenas describen el ambiente y no vuelven carne a los personajes.

El final es quizás una pieza valiosa. Auden y Beth se ven expulsados en un mundo que antes había sido muy cordial. Resta, sin embargo, la sensación de que ni Auden ni Beth vivieron algo extraordinario. ¿Será esa su esencia?

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Delta de Venus – Anaïs Nin

30 oct

Anaïs Nin y Henry Miller. / http://sarahneanbruce.wordpress.com

A Henry Miller, cuenta Anaïs Nin en el prólogo de este libro, lo contactó un coleccionista de libros que, a nombre de un patrón cualquiera, ofreció pagarle cien dólares mensuales para escibir relatos eróticos. Miller no aceptó, porque pensaba que esforzar su inventiva a cambio de un poco de dinero era absurdo y molesto. Entonces le sugirió a Nin que escribiera si necesitaba dinero. Nin accedió y recibió su paga.

Poco después recibió una llamada. El coleccionista le aseguraba, al otro lado de la línea, que los relatos eran excelentes y su patrón (que nadie conocía y parecía más una astuta creación del coleccionista) se encontraba complacido. Sólo hizo una sugerencia: “Menos poesía. Sea concreta”.

Otros escritores se unieron al grupo y, de forma anónima, crearon relatos para el coleccionista y su patrón. Sin embargo, Nin no se encontraba del todo satisfecha con la forma en que tenía que escribir los relatos. El hecho de ser concreta, de no extraer los matices del sexo, le disgustaba. “El lenguaje del sexo aún está por inventarse. El lenguaje de los sentidos tiene que explorarse”, dice. Ella y los otros escritores comienzan a construir posibles variaciones de la sed sexual del patrón y a perderle respeto a su imagen desconocida. Nin no comprendía qué quería decir “concreto”, no podía entender por qué el patrón sólo deseaba el mero acto carnal y no la sucesión de honduras y precipitaciones que dan vida al sexo. “Nos sentábamos en círculo, imaginábamos al viejo, y hablábamos de lo mucho que lo odiábamos porque no nos permitía una fusión de sexualidad y sentimiento, de sensualidad y emoción”.

Entonces, Nin decide escribir una carta al patrón, en la que le pregunta por qué desea lo que desea y argumenta la necesidad de darle más cuerpo, más profundidad, más poesía, sí, a los relatos eróticos. Esta es, extraída de sus Diarios:

«(Diciembre de 1941)

Querido coleccionista: le odiamos. El sexo pierde todo su poder y su magia cuando se hace explícito, mecánico, exagerado; cuando se convierte en una obsesión maquinal. Se vuelve aburrido. Usted nos ha enseñado, mejor que nadie que yo conozca, cuán equivocado resulta no mezclarlo con la emoción, el hambre, el deseo, la concupiscencia, las fantasías, los caprichos, los lazos personales y las relaciones más profundas, que cambian su color, sabor, ritmo e intensidades.

Usted no sabe lo que se está perdiendo a causa de su examen microscópico de la actividad sexual, que excluye los aspectos que constituyen el carburante que la inflama. Aspectos intelectuales, imaginativos, románticos y emocionales. Eso es lo que confiere al sexo sus sorprendentes texturas, sus sutiles transformaciones, sus elementos afrodisíacos. Usted está dejando que se marchite el mundo de sus sensaciones; está dejando que se seque, que se muera de inanición, que se desangre.

Si alimentara usted su vida sexual con todas las excitaciones y aventuras que el amor inyecta en la sensualidad, se convertiría en el hombre más potente del mundo. La fuente de poder sexual es la curiosidad, la pasión. Está usted contemplando cómo su llama se extingue por asfixia. El sexo no prospera en medio de la monotonía. Sin sentimiento, sin invenciones, sin el estado de ánimo apropiado, no hay sorpresas en la cama. El sexo debe mezclarse con lágrimas, risas, palabras, promesas, escenas, celos, envidia, todas las variedades del miedo, viajes al extranjero, caras nuevas, novelas, relatos, sueños, fantasías, música, danza, opio y vino.

¿Cuánto pierde usted a través de ese periscopio que tiene en el extremo del sexo, cuando puede usted gozar de un harén de maravillas distintas y nunca repetidas? No existen dos cabellos iguales, pero usted no nos permite gastar palabras en la descripción del cabello. No hay tampoco dos olores iguales, pero si nos extendemos sobre eso, usted exclama: “Supriman la poesía”. No hay dos cutis con la misma textura, y jamás la misma luz, o temperatura o sombra ni el mismo gesto, pues un amante, cuando es movido por el verdadero amor, puede recorrer siglos y siglos de tradición amorosa. ¡Qué posibilidades, qué cambios de edad, qué variaciones de madurez e inocencia, perversidad y arte…!

Hemos estado hablando de usted durante horas, y nos hemos preguntado cómo es usted. Si ha cerrado sus sentidos a la seda, a la luz, el color, el olor, el carácter y el temperamento, debe usted estar ya completamente marchito. Existe multitud de sentidos menores, que discurren como afluente de la corriente principal que es el sexo, y que la nutren. Sólo el pálpito al unísono del sexo y el corazón pueden producir el éxtasis.»

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Viajes con Charley (I)

29 oct

Charley y Steinbeck: en busca de América. / http://www.davidhouston.net/page30.html

John Steinbeck, un buen día de 1960, decidió dejar su casa en California, tomar a su perro, Charlie, y viajar a través de Estados Unidos. El libro que nació de dicho viaje fue publicado dos años después, por los tiempos en que Steinbeck obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Y comienza así, en traducción libre: “Cuando era muy joven y el ansia de estar en algún lugar estaba sobre mí, la gente madura me aseguró que la madurez lo curaría. Cuando los años me describieron como un adulto, el remedio prescrito fue la juventud. En la juventud me dijeron que la vejez  calmaría mi fiebre y ahora que tengo 58 años quizá la senilidad hará el trabajo. Nada ha funcionado”.

Entonces Steinbeck cuenta los prolegómenos al viaje, que hizo montado en Rocinante, su pick up truck.  Compra comida, alista su habitación móvil, la de Charlie. Se despide de su esposa, conciente de su edad, de su capacidad física, pero sin demasiada nostalgia. Y comienza el viaje.

“Les pasa a muchos hombres y creo que los médicos se han aprendido de memoria la letanía. Les había sucedido a tantos amigos míos… El sermón terminaba así: ‘Aminora la marcha. No eres ya tan joven como antes’. Y había visto a tantos empezar a envolver sus vidas en algodón en rama, ahogar sus impulsos, ocultar sus pasiones y alejarse gradualmente de su virilidad para entrar en una especie de semiinvalidez física y espiritual. Les animan a hacer esto sus mujeres y sus familiares y es una trampa tan dulce.

¿A quién no le gusta ser el centro de atención? Cae así sobre muchos hombres una especie de segunda infancia. Cambian su violencia por la promesa de un pequeño aumento del periodo de vida. Lo cierto es que el cabeza de familia se convierte en el niño más pequeño de la casa. Y me he examinado a mí mismo en relación con esa posibilidad con una especie de horror. Pues he vivido siempre violentamente, bebido desmedidamente, comido demasiado o nada en absoluto, dormido veinticuatro horas seguidas o pasado dos noches sin dormir, trabajado demasiado duro y demasiado tiempo sintiéndome en la gloria o haraganeado en la vagancia absoluta una temporada. He alzado, arrastrado, cortado, escalado, hecho el amor con alegría y aceptado mis resacas como una consecuencia, no como un castigo. No quería renunciar a mi fiereza por una pequeña ganancia temporal. Mi mujer se casó con un hombre; no veía ninguna razón por la que hubiese de heredar un bebé” (Traducción de José Manuel Álvarez Flórez).

El malogrado

18 ago

La novela de Bernhard, publicada en 1988. / Alfaguara

Thomas Bernard es uno de esos escritores de frases extensas, como Proust, y a veces tan breves, como Hemingway. Uno podía decir que sus repeticiones, tan musicales, son fastidiosas y en ocasiones estorban el entendimiento. Sin embargo, se pierde demasiado. Ricardo Silva Romero, en Twitter, escribió que “El malogrado”, la novela de Bernhard que hace poco publicó Alfaguara, es buena, que la sabe buena, pero que no la disfrutó. Quién sabe. Cuando uno termina de leer, cuando en la última página uno sabe y concluye que Wertheimer, ese gran pianista, no es más que un embrión a medio hacer, queda la sensación de que hizo falta algo, de que la profundidad psicológica de Bernhard, como autor, no fue suficiente.

Aún así, la novela no está tan mal. Valga un comentario brevísimo. Hay que ver, por ejemplo, frases como aquella que explica que Glenn Gould, el pianista que sí logra lo que le venga en gana, odia a todo aquel que no piensa de manera profunda antes de abrir la boca. “Es decir (escribe Bernhard), odia a casi toda la humanidad”.  O aquellos párrafos en los que Bernhard explica que todo infeliz es, en realidad, un hombre muy feliz porque es por completo infeliz. Aunque peca en ocasiones con el discurso, aunque repite tanto y de manera tan absurda, la novela de Bernhard expresa un gran conocimiento de la disciplina, de la soledad que produce la disciplina y del alejamiento total de sus personajes. A Wertheimer, por ejemplo, le interesa muy poco el público, le da náuseas subir al escenario y, después de estudiar años y años enlas academias de música, decide dejar de tocar y dedicarse a las “ciencias del espíritu”. ¿Qué son? Ni siquiera él mismo lo sabe. A Gould le sucede lo mismo. Ni una sola mujer se menciona en su vida, ni en la de ninguno de los personajes. Alejados de todo, lo único que interesa es desarrollar un arte. Glenn quiso ser un virtuoso y lo logró. Al narrador le interesa poco. Wertheimer, en cambio, dio su vida por eso y, si era su razón de vida, entonces ¿cómo se sentirá cuando no lo logre?

No lo logra, claro, y se ahorca.

 

 

 

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